miércoles, 17 de septiembre de 2008

Nada. A la nada.

Nadando (ahogándose) en lugares (casi) comunes autoreflexivos, siempre el final era: el amor propio por el suelo, el ajeno por el cielo. Cielo donde la encontraba a ella. La encontraba, pero no se encontraban. La encontraba, pero él no estaba. El nunca estuvo; ahí el error principal; ahí el error de tanto determinismo antes amagado.

Nadaba, ahora en medio del agua, alejado de las metáforas de 5 pesos.

De mariposas en el vientre, a mariposas en la mente. Cada día entendía menos de más.

Nadar con las mariposas, era lo único que importaba esa tarde. Verano de mariposas, como en la infancia. Como volver al primer amor. Mariposas en el vientre y silbidos en la cabeza.

Nadaba, pero las mariposas se iban. Y, mezclados con agua, volvían pensamientos recurrentes, en modo de protesta contra uno mismo, en disidencia con el universo:
Que todo lo que hacemos es esperar, que no hay otros actos que no sean esperas. O quizá todas las esperas son una: un filo de luz en nuestro círculo hermético. Un estallido pequeño de claridad que nos saque de nosotros mismos, para volver a ser nosotros mismos de un modo más veraz, donde la soledad sólo sea una exquisitez por elección, y ya no una compañera que pretendemos desterrar a dudosos precios.

Nadaba, tragaba agua, y otra vez, sin mariposas, escupía: “De vez en cuando, equivocadamente, adquirimos unas satisfacciones propias de alguna venta de falsos alquimistas. Un dolor disfrazado de madurez, una madurez que no quiere revivir las aventuras y juegos de nuestra mejor niñez.”

Y después de vomitar el agua, solo agua, volvían pájaros y mariposas, a la cabeza: “Pero hay un momento, un momento de señales, donde al fin, después de nuestra propia dilación impuesta, nos encuentran unos ojos del mejor color, una boca que nace de pinceles suaves y detallistas y, acariciándonos el espíritu, nos dice: No se alejen de los sueños, sólo de ese modo podemos ser reales.

Esa es la espera mayor, el juego grande; ser reales siendo soñados. Soñar, realizando a otros. Ruinas circulares que no decepcionan a nadie y nos acercan.

Y se despertaba, con agua, y gritaba: “Y despertar, casi sin despertarnos, para creer, para crear, crearme, crearte, crearnos. Entender el momento, en el que sos, y que sueño, y que soy.”

Así, su espera tal vez fuera la única y sus sueños creadores.

Y otra vez ella: como luz en la oscuridad.

Y otra vez esperaba, y otra vez pensaba:
(Hasta que esos ojos se encuentren: desafiantes, claros, lúcidos, tiernos y soñados.)

Mientras tanto, en la realidad de dos metros bajo agua, se ahogaba.


1 comentario:

Pau dijo...

"Hasta que esos ojos se encuentren: desafiantes, claros, lúcidos, tiernos y soñados."


siempre me gustó eso...
y sus Buenas Noches, esas de varias cosas, tan preciosas...


nunca.nunca.siempre.posta eh.Siempre.